Su origen se ubica en los árboles de roble con los indios norteamericanos hace unos 4.000 años, y más tarde con los griegos. Ambas culturas, al observar que el roble era alcanzado frecuentemente por el rayo, pensaron que era la morada del dios de los cielos, según los indios, y de Zeus, según los antiguos griegos.
En Europa, durante la Edad Media, los eruditos cristianos aseguraban que la superstición de tocar madera se originó en el siglo I, y procedía de la crucifixión de Cristo en una cruz de madera. Tocar madera en señal de esperanza era un sinónimo de la plegaria de súplica.
Otras culturas reverenciaban diferentes tipos de árbol, a los que dirigían plegarias. También se creía que los malos espíritus, celosos de las buena noticias, se ahuyentaban con los sonidos fuertes, como el de golpear tres veces una madera.
En Holanda se adhirieron a la superstición de tocar madera, sin importar el tipo; lo que importaba era que la madera estuviera sin barnizar, sin pintar, sin tallar y sin ornamentación.
Una de las supersticiones más extendidas es la de un espejo roto, el cual trae siete años de mala suerte. Sin embargo, esta creencia tiene su origen mucho antes de que existieran los espejos de vidrio. De hecho, los antiguos egipcios, los hebreos y los griegos, utilizaban espejos hechos de metales como el bronce, el latón, la plata y el oro pulimentados, y por lo tanto, irrompibles.
En el siglo VI a.C., los griegos practicaban la catoptromancia, un método de adivinación basada en los espejos en la que utilizaban cuencos de cristal o de cerámica llenos de agua. Estos se suponían que revelaba el futuro de cualquier persona que reflejara su imagen en la superficie de agua. Estas imágenes eran leídas por un vidente, pero si uno de estos espejos se caía y se rompía, se interpretaba que la persona que sostenía el cuenco no tenía futuro (o sea, que la muerte acechaba) o que su futuro le reservaba acontecimientos catastróficos y que los dioses querían evitar a esa persona una visión capaz de trastornarla profundamente.
Los romanos adoptaron esta superstición en el siglo I y le añadieron un nuevo significado que es a su vez nuestro significado actual. Sostenían que la salud de una persona cambiaba en ciclos de siete años, y puesto que los espejos reflejaban la apariencia de una persona y su salud, un espejo roto anunciaba siete años de mala salud e infortunios.
La superstición adquirió una aplicación práctica y económica en el siglo XV. Los primeros espejos de cristal con el dorso revestido de plata, desde luego rompibles, se fabricaban en Venecia. Al ser muy costosos, se trataban con mucho cuidado, y a los sirvientes que limpiaban los espejos de las casas se les advertía que romper uno de estos equivalía a siete años de un destino peor que la muerte.
Este uso efectivo de la superstición sirvió para intensificar la creencia en la mala suerte acarreada por la ruptura de un espejo, a lo largo de generaciones de europeos. Cuando, a mediados del siglo XVII, empezaron a fabricarse en Inglaterra y en Francia espejos baratos, la superstición del espejo roto estaba ya extendida y firmemente arraigada en la tradición.
Cuando una persona estornuda, tenemos la costumbre de decir “¡Salud!”. Esta práctica proviene de los primeros cristianos, quienes creían que cuando alguien estornudaba podría llegar a lanzar su alma al mundo. Por esto se pensaba que para ayudar a mantener el alma se ofrecía una bendición, por lo que se afirmaba que “Dios le bendiga”. Cuando llegó la plaga de la Peste Negra alrededor de 1348, el estornudo se convirtió en un signo de enfermedad e infección, por lo que la persona podría llegar a morir, y se reemplazo la anterior bendición por un pedido de salud.